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De La Huella No. 9, mayo 2002

Francia : ¿Adónde fue a parar el pueblo?

Por Luis Casado / Francia / Especial para La Huella

El desastre electoral de la izquierda en la primera vuelta de las elecciones presidenciales exige una reflexión de fondo que por cierto no está en vías de agotarse.

Cada cual busca una explicación, un responsable, un culpable.

Hay quién dice muy campante que la culpa es del pueblo.

Y proclama muy alto su "vergüenza de ser francés" en un momento en que el fascismo demuestra una vez más que el gran dramaturgo alemán Bertolt Brecht tenía razón cuando nos prevenía diciendo de la extrema derecha europea: "el vientre del monstruo aun es fértil".

Esta fácil explicación haría sonreír a cualquiera en circunstancias menos dramáticas. Y la consecuencia lógica de tal afirmación nos haría reír a carcajadas: si el culpable es el pueblo...hay que cambiar al pueblo.

Tan simple como eso.

Otros replican que el foso que se ha creado entre los progresistas bien nacidos, los bien-diplomados, la tecnocracia "moderna", los políticamente correctos, los incapaces de otra cosa que del aplauso ramplón a las virtudes del mercado, y la masa del pueblo que vive cada día más angustiado la inseguridad generada por la mundialización desmadrada, explica el desastre.

O sea el divorcio entre los miserables y una progresía que no logra comprender que su "racionalidad" mercantil no concite la adhesión servil de quienes sufren las consecuencias de la "modernidad" que se traduce en precariedad, y de la "flexibilidad laboral" que se viste de arbitrariedad para los más y de privilegio para unos pocos.

¿Como entender en efecto a quienes abogan por la fiebre privatizadora cómodamente instalados en los sillones del aparato del Estado?

Pierre Mauroy previó el desastre cuando dijo públicamente un par de semanas antes del escrutinio: "¡No! ¡la palabra trabajador no es una grosería! ¡No! ¡Defender un programa socialista no tiene nada de vergonzoso!

¡Y se lo decía a los socialistas!

Mientras tanto el pueblo de izquierda se dejaba llevar por tres tendencias contradictorias:

Aquellos que decidieron abstenerse porque no se reconocían en el discurso de centro derecha de Lionel Jospin, ni en el soporífero mensaje del candidato comunista (la abstención record, que llegó a casi un 30% del electorado, fue mayoritariamente de izquierda),

Los que pensaron castigar al candidato socialista votando por la ultra izquierda o por los verdes en la primera vuelta (pensando apoyar a Jospin en la segunda), y

Quienes se dejaron tentar por el discurso demagógico y populista del candidato fascista Le Pen, el que hace mucho hincapié en los verdaderos problemas de los sectores más humildes, aportándoles falsas soluciones.

Para la falta de viviendas dignas, para el desempleo, la delincuencia creciente, la precariedad, la crisis económica, la mundialización que pone las riendas de la economía en manos de un puñado de oligarcas, etc., el fascista Le Pen tiene la receta milagrosa: expulsar a los inmigrados y retirar a Francia de la Unión Europea, y tal vez del mundo.

Lo terrible de lo que precede es que los líderes socialistas no vieron venir el terremoto.

La arrogancia de estar en lo cierto, la certidumbre tecnocrática de los equilibrios macroeconómicos, la presunción de hablar en nombre del pueblo cuando habían perdido el contacto con el pueblo, la auto admiración ante el "póker de ases" que representaban los brillantes lugartenientes de Jospin, impidieron ver que el programa "no socialista", tan respetuoso del modelo neoliberal que los acuerdos de Maastricht y de Barcelona pretenden imponerle a toda Europa, no sólo no movilizaba a nadie sino que generaba un rechazo hasta en las filas de los propios militantes y adherentes del PSF (la proporción de votantes socialistas que no votaron Jospin en la primera vuelta es alucinante).

En esas condiciones era imposible generar la adhesión y la dinámica necesarias para atraer otros sectores sociales.

Los votos del conjunto de la izquierda suman casi el 40% del electorado, pero el voto popular se dispersó en candidatos sin ninguna posibilidad de concitar el apoyo mayoritario para enfrentar a la derecha tradicional en la segunda vuelta.

¡Derecha tradicional que obtuvo su peor votación desde el año 1965!

Si hay una crisis de la estructura política francesa, esa crisis no toca solamente a la izquierda.

El Presidente-candidato Jacques Chirac, conocido popularmente como "supermentiroso", apodo que por si solo es todo un programa, obtuvo apenas un 19,6% en la primera vuelta, lo que constituye un verdadero rechazo para quién ejerce la primera magistratura del país desde hace siete años.

No obstante, Jacques Chirac es un "buen candidato". Dispuesto a afirmar todo y su contrario en un par de horas. Candidato que osó decir en alguna ocasión que "las promesas electorales sólo comprometen a quién las escucha".

Su demagogia le permitió llegar a la segunda vuelta. Lo que no significa que Jacques Chirac haya ganado en credibilidad.

Y este es otro drama: un candidato de derecha, mezclado a múltiples procesos en temas de corrupción, afrontando como la última carta de la democracia a un candidato de la extrema derecha, a un neonazi.

Como dice hoy, el semanario satírico "Le Canard enchaîné", la elección se juega "entre un estafador y un fascista".

Y esa no es una de las menores críticas que se le pueden hacer a la izquierda y al socialismo franceses.

Cuando la izquierda mimetizada en el neoliberalismo deja de ser alternativa política, la sociedad entera se encuentra confrontada a una peligrosa decisión.

Por todo ello, la tarea que se presenta ante nosotros es tremenda: contribuir primero a la elección de Chirac como último recurso ante el fascismo, y luego ganar las elecciones parlamentarias sobre la base de un discurso nuevo, creíble y movilizador.

Al salir de la reunión de la Dirección nacional del PSF consagrada a los desastrosos resultados, el diputado Henri Emmanuelli lo puso de este modo : "Los socialistas franceses no podemos estar un día en Davos y otro día desfilando con los trabajadores el primero de mayo. Tenemos que elegir".

Dura elección.

O con el gran capital, o con los trabajadores.

Jacques Attali, un ex colaborador del Presidente François Mitterrand, dijo sardónicamente de quienes basan su política en el mercadeo y en los sondeos de opinión: "son los líderes del pueblo, porque siguen al pueblo para donde vaya".

Los socialistas no podemos conformarnos con esa demencial falta de responsabilidad.

La decisión política más dura hoy en día consiste en reconocer que adhiriendo al mercado en modo acrítico, nos equivocamos aun más terriblemente que cuando buscamos cambiar el mundo menospreciando las herramientas democráticas.

Ya se sabe, se debería saber, que la omnipotencia del mercado lleva a la ineficacia, a la desigualdad, al peor "equilibrio" posible, a la marginación de tres cuartos de la población mundial de los beneficios del progreso tecnológico y científico, a la destrucción del planeta como entorno sustentable, a la atroz realidad que viven hoy miles de millones de habitantes del mundo entero.

Reconocerlo en vez de seguir postulando dogmáticamente la doctrina neoliberal, requiere coraje.

Ponerlo en práctica cuando tenemos responsabilidades de gobierno, exige aun más: exige lucidez e inteligencia.

El ejemplo francés debería ser útil para los socialistas del mundo entero, y en particular para los socialistas chilenos.

Aun estamos a tiempo para enmendar rumbos.

Queda por ver si tendremos el coraje, la lucidez y la inteligencia.

¿Adónde fue a parar la izquierda?

 

El resultado de la primera vuelta de las elecciones francesas merece un ensayo de interpretación. 

Si bien, en un gesto que le honra, Lionel Jospin asumió la entera responsabilidad de la derrota y sacó las conclusiones que se imponen (su renuncia a la vida política) pretender que él es el único responsable de lo ocurrido es tratar de ocultar el sol con un dedo.

Hace casi un año, durante una reunión del Partido Socialista Francés en mi Comuna (Créteil), intervine para explicar que a mi juicio era imposible ganar las elecciones presidenciales basándose unicamente en el positivo balance de la acción gubernamental que encabezó Lionel Jospin.

Y agregué que me parecía imposible entusiasmar a nadie con un discurso socialista en el que "el principio de subsidiariedad", y otros galimatías incomprensibles, trataban de sustituir el mensaje que la juventud y el pueblo de Francia estaban esperando.

Que había que oponer un mensaje marcadamente de izquierda a la influencia creciente de la especulación financiera (cada día se intercambia en Francia el equivalente del presupuesto del estado en divisas), y a los efectos devastadores de las decisiones de las multinacionales que despedían a decenas de miles de trabajadores a pesar de haber recibido miles de millones de Euros en incentivos para invertir en Francia.

Un dirigente francés, Christian Fournier, tomó la palabra para explicar que el PSF ya no era socialista sino socialdemócrata, y que ahora nuestra tarea consistía en administrar el sistema en modo eficaz. Terminó diciendo que Marx ya no era una referencia en el PSF y pensó que con esas palabras me había callado para siempre.

Lionel Jospin gobernó bien, que dudad cabe.

Todo el mundo está de acuerdo, si exceptuamos a algunos integristas de la derecha parlamentaria que ahora aprovechan la ausencia de la izquierda para decir cualquier cosa.

Pero hay que agregar que Lionel gobernó bien aplicando el modelo.

Nadie, nunca, privatizó tanto como el gobierno de Jospin.

Ni siquiera la derecha más liberal.

Entre las empresas privatizadas se cuentan algunas que constituyen aun hoy verdaderos símbolos del éxito de la economía francesa en la cual el estado siempre jugó (y juega) un papel esencial: Renault, Air France, France Telecom, la Banca (casi toda la banca fue nacionalizada por De Gaulle a la liberación), la industria aeroespacial, etc.

Es cierto que Lionel Jospin hizo aprobar leyes de protección a los más débiles, como por ejemplo la cobertura médica universal, y que por otra parte redujo la semana laboral a 35 horas, y logró crear 900.000 empleos disminuyendo significativamente el desempleo.

Pero al lanzar su candidatura su primera declaración fue: "mi programa no es un programa socialista".

Habían en ese momento unos veinte (20) candidatos declarados, cubriendo todo el espectro político del país, y negar su raíz socialista equivalía a decir que no había nada que lo distinguiera de algún otro candidato.

Y lo peor fue que la identificación se hizo con el candidato de la derecha, Jacques Chirac.

Todas las encuestas de opinión mostraron abrumadoramente que los franceses no distinguían ninguna diferencia entre ambos programas.

Hasta el nombre era similar, utilizando la frase "mi compromiso" ("Je m'engage" para Jospin, "Mon engagement  pour la France" para Chirac).

Si a eso le sumamos que Jospin no hizo sino seguir a Chirac en su demagógica denuncia de la "inseguridad", tema predilecto de la extrema derecha... podemos comprender que a algunas semanas de la primera vuelta Jospin había perdido 5 puntos en las encuestas de opinión.

Aun más. En una de las reuniones del equipo de campaña, Pierre Mauroy, querido líder histórico de los socialistas franceses, hizo notar que en el programa de Lionel Jospin no se mencionaba ni una sola vez las palabras "obrero", "trabajador", ni "empleado".

Y Pierre Mauroy recordó que había que dirigirse a quienes constituían desde siempre la base misma del socialismo francés: los trabajadores.

(Pierre Mauroy fué obrero, dirigente sindical, Primer Secretario del PSF, Primer Ministro de Mitterrand, Presidente de la Internacional socialista..., o sea que sabe de lo que habla).

Pero la campaña de Jospin tenía otro pero: estuvo muy marcada por las técnicas de mercadeo (o marketing para que me entiendan los que no hablan castellano).

En sus discursos Jospin hablaba de lo que le decían que tenía que hablar, no de lo que el pueblo francés quería que le hablaran: del desempleo, de la distribución de los frutos del crecimiento, de la prohibición pura y simple de los despidos, de la masa de riquezas concentradas cada día más en pocas manos, de la necesaria regulación de la mundialización, etc.

Quienes se apoderaron de esos temas fueron los candidatos de la extrema izquierda, cuya eficacia casi igualó su irresponsabilidad.

La extrema izquierda obtuvo más del 10% de los votos.

Pidiendo nacionalizaciones, exigiendo la prohibición de los despidos, el aumento de los impuestos a las empresas privadas, y hasta la dictadura del proletariado.

Dos semanas antes de la votación nadie sabía de qué hablaba Jospin.

Ni siquiera si hablaba.

Los temas candentes los tocaban la derecha y la extrema izquierda.

Y como muy justamente lo señaló el fascista Le Pen: "la gente prefiere el original a la copia".

La inmensa mayoría de los comentaristas europeos señala que Jospin hizo una campaña con un incomprensible programa de derecha, contribuyendo así a la atomización del voto de izquierda.

En el Acto de celebración de nuestro 69° aniversario, que realizamos en el Taller de Campaña de Lionel Jospin, dirigentes franceses vinieron a verme sorprendidos del tono definitivamente izquierdista de mi intervención.

Y me comentaban, aterrados, que sus propios hijos no votarían Jospin en la primera vuelta porque deseaban señalarle su disconformidad con su discurso "centroderechista".

Como vemos el castigo fue más duro de lo previsto.

 

Y me acordé de las recomendaciones de Patricio Navia, que nos sugiere, para Chile, buscar votos en el centro...

Que no cuente conmigo para ese suicidio.

 

Hace falta una brújula

 

Recibí el órgano oficial del PSF, "l’Hebdo des Socialistes", y me precipité para leer los comentarios de nuestros compañeros galos respecto del terremoto que significó la eliminación de Lionel Jospin en la primera vuelta de las elecciones presidenciales.

Lo primero es lo primero, y creo que por fortuna en ello nadie se pierde: todo el mundo coincide en que hay que preservar y fortalecer la unidad de los socialistas.

En segundo lugar, todos coinciden en que, aun cuando sea necesario apretarse la nariz, hay que votar Chirac en la segunda vuelta para cerrar el camino al fascismo de Le Pen.

Hasta ahí las coincidencias. Y hay que alegrarse de ellas.

Luego los comentarios adoptan el tono cauteloso (como diría Víctor Barberis) que le conviene a un debate que hay que dejar para más tarde.

En los textos firmados por los miembros del caucus socialista abundan los eufemismos, las metáforas y las perífrasis como función directamente proporcional al encumbramiento de quién los firma.

Poner el acento en lo que une. Descartar lo que divide. Esa parece ser la preocupación principal. ¿Quién podría estar en desacuerdo?

No obstante, las elecciones parlamentarias que siguen a la segunda vuelta de la elección presidencial, y que determinarán quién gobernará Francia en los próximos cinco años, exigen desde ahora un posicionamiento claro respecto de los temas que no se tocaron y que terminaron por hundir a Jospin.

El llamado a derrotar a Le Pen, necesario, ineludible, imperativo, no debe transformarse en el biombo detrás del cual se esconden las responsabilidades del fracaso.

Las elecciones parlamentarias volverán a poner frente a frente dos concepciones diferentes de la sociedad a la que aspiramos: aquella que defienden los liberales y la que proponemos (o deberíamos proponer) los socialistas.

Con metáfora y todo Henri Emmanuelli insiste en la necesaria acentuación del papel del Estado en la economía y declara que "es en nombre del principio de clarificación que nos oponemos a la apertura del capital de EDF (empresa pública de energía), llamada a ser el símbolo de una capacidad de resistencia frente al liberalismo de la derecha europea".

Y llama a oponerse a los fondos de pensiones privados, a la defensa de la jubilación por repartición, a impedir los despidos, a limitar los empleos precarios, a la participación de los beneficios del capital en la financiación de la Seguridad Social.

Otro líder socialista, Gérard Filoche, exige que no se toquen los servicios públicos (no a las privatizaciones), y exige que los socialistas "Hablemos de la redistribución de la riqueza, polemicemos con los patrones, demos contenido programático".

Frente al debate sobre la inseguridad y la delincuencia creciente Julien Dray estima que "es el liberalismo el que trae este desorden y es el responsable".

Alain Bergounioux, por su parte, llama a evitar las interpretaciones erradas del desastre electoral, que a su juicio se traducen en dos visiones erróneas: "fue la culpa de los candidatos "pequeños", y "no estuvimos suficientemente a la izquierda".

Y Alain nos dice en relación a qué se puede determinar si los socialistas estuvimos "suficientemente a la izquierda": respecto a "todos los partidos europeos comparables".

Como si Blair fuese un paradigma de izquierdismo, como si la estructura política alemana y las recetas de Schroeder pudiesen trasladarse a Francia, como si la izquierda italiana no hubiese hecho la cama del neofascista Berlusconi.

Otros líderes socialistas, los más influyentes, los que han tenido mayor responsabilidad en la política seguida hasta ahora y/o en la campaña, escriben para no decir nada.

O se limitan a repetir lo que parece irrebatible: que hay que parar a la extrema derecha.

Y eso es preocupante.

Una cierta arrogancia que pretende que lo hemos hecho muy bien, y que le endilga la responsabilidad a terceros, a las críticas que Jospin recibió de los otros partidos de la izquierda plural, o a Chirac que atacó demasiado, o a los abstencionistas culpables de irresponsabilidad cívica, o a la prensa que no destacó suficientemente esto o lo otro, o a la ingratitud del pueblo francés, o "a las expectativas e impaciencias generadas por el mejoramiento de la situación económica" (sic) como dice François Hollande, o a dios padre todopoderoso, no hace sino sacarle el culo a la jeringa.

Por el contrario, pienso que no podemos hacer la economía de un debate de fondo y de una evaluación franca y descarnada de la adecuación de nuestro discurso y de nuestra acción política ante la situación creada en Francia y en el mundo por la ola liberalizadora, por la mundialización sin dios ni ley, por el alejamiento cada vez mayor de las instancias de decisión (FMI, Banco Mundial, multinacionales, Comisión Europea, OMC, etc.) de la democracia directa, aquella que le permite al pueblo de cada nación expresar su opinión respecto de lo que le concierne.

Irse por las ramas no conduce a ninguna parte.

El fascismo está haciendo su lecho sobre nuestra incapacidad para hacer otra cosa que no sea esperar los dictados de Washington, y nuestra anuencia ante las imposiciones de la Organización Mundial del Comercio y del Fondo Monetario Internacional.

El voto extremista, de derecha y de izquierda, es el reflejo del abandono de nuestros principios más elementales.

Y esta amenaza se cierne no sólo sobre Europa, sino también sobre Chile y América Latina.

Si mundialización debe haber, tiene que ser en el marco del respeto de los intereses de los pueblos y de un desarrollo centrado en el ser humano y su entorno vital.

No sobre la base de la defensa de los privilegios de la especulación financiera, de los beneficios demenciales de un puñado de accionistas multimillonarios y de la destrucción del planeta.

Sin ese objetivo mayor, las mejoras que introducimos en el sistema capitalista, o los combates en defensa de las parcelas de influencia que aun mantiene el Estado regulador, serán sólo emplastos de mostaza contra el cáncer liberal.

Para ello nos hacen falta no sólo líderes a la altura del desafío, sino también una brújula que tenga como norte los intereses supremos de la especie humana.

Los calculitos pequeños sobre la carrera política de cada cual no están a la altura y no son de recibo.

Por ello hay que ser menos cauteloso (como diría Víctor Barberis) para afrontar nuestra propia responsabilidad y para expresar claramente en que trinchera nos situamos.

(*) El autor es el Presidente del Comunal

Francia del Partido Socialista de Chile.