| De La Nación - 30 enero 2005 MINISTRO EXAMINÓ RESTOS DE EDUARDO FREI MONTALVA
Los secretos de su tumba
A fines del año pasado una sigilosa diligencia se realizó en el Cementerio General.
Apenas unos pocos testigos comprobaron que el cuerpo del ex Presidente seguía allí. El
juez Alejandro Madrid verificó su estado y ubicación. Fue el paso previo al retiro del
cadáver para determinar si el ex Mandatario fue envenenado en 1982.
Jorge Molina Sanhueza
Los últimos días de 2004 pasaban para los chilenos con las tradicionales
preocupaciones de fin de año, mientras un grupo de hombres se desplazaba en un auto de la
Policía de Investigaciones hacia el Cementerio General, para realizar una diligencia
histórica en los anales judiciales y políticos del país.
El ministro en visita Alejandro Madrid -que sustancia la causa por la misteriosa muerte
del ex Presidente Eduardo Frei- era uno de los ocupantes del vehículo, junto a su
detective de confianza Nelson Jofré, su actuario y peritos.
No estaban tranquilos. Una duda crecía a medida que se acercaban al camposanto. La
incertidumbre, en todo caso, se despejaría pronto, porque realizarían una diligencia que
había sido preparada con extrema reserva por el magistrado y la familia Frei.
Cuando Madrid llegó hasta el patio 6, lo esperaban un par de panteoneros que
ayudarían a aclarar la pregunta que hacía días rondaba en el proceso: ¿Estaba el
cuerpo de Eduardo Frei Montalva en su tumba, habiendo transcurrido ya 22 años desde su
extraño deceso en la clínica Santa María?
Pronto se procedió a cumplir con la resolución que obra en la causa: abrir la tumba
del ex Mandatario y fijar planimétricamente las características del lugar y del cuerpo,
y hacer varias fotografías.
Madrid bajó los veinte escalones que permiten el ingreso al mausoleo familiar para
observar el procedimiento. Se abrió el ataúd sellado y se confirmó que el cuerpo estaba
en su lugar. Un respiro de tranquilidad corrió entre los presentes.
La decisión de Madrid no era arbitraria. Se basaba en lo que ordena el actual Código
de Procedimiento Penal, en el Título Segundo que habla de la comprobación del
delito en casos especiales, entre los artículos 121 al 137. Y este último, entrega
las pistas del por qué Madrid decretó esta diligencia: Si el cadáver ha sido
sepultado antes del examen pericial, y las circunstancias permitieren creer que la
autopsia puede practicarse útilmente y sin peligro para la salud de los que deben
ejecutarla, el juez dará aviso al administrador del cementerio de que procederá a la
exhumación, indicándole el día y hora en que se la va a practicar. Trasladándose en
seguida a ese establecimiento, acompañado de uno o más facultativos, averiguará el
sitio donde fue sepultado el cadáver, lo hará exhumar y lo identificará en la forma
dispuesta por el artículo 122, siendo ello posible, o con el testimonio de las personas
que lo inhumaron o de otras que puedan reconocer al difunto. Practicadas estas
diligencias, de que se pondrá testimonio en autos, y ejecutada la operación pericial, el
cadáver será nuevamente sepultado, señala el mencionado artículo del Código de
Procedimiento Penal.
Pero no se trató de una exhumación -por así decirlo- tradicional, ya que al cuerpo
de Frei no se le practicó una nueva autopsia, sino que sólo se verificó su estado,
ubicación e identificación y, luego, fue devuelto a su sitio original. El próximo paso
será sacarlo de su tumba por segunda vez y que un grupo de especialistas determinen si el
principal opositor de la dictadura fue envenenado en 1982.
Los análisis podrían llevarse a cabo fuera de Chile debido a la necesidad de usar
tecnología de punta, para definir el tipo de veneno supuestamente usado. Hasta ahora se
han mencionado tanto peritos del FBI como de laboratorios internacionales especializados
en esta tipo de situaciones.
Esta historia fue reconstruida por LND consultando a varias fuentes vinculadas al caso,
quienes pidieron reserva de su identidad. Este medio también contactó a Álvaro Varela,
el abogado de la familia Frei, quien se excusó de emitir algún comentario, aduciendo que
debía guardar celoso secreto de una causa que está bajo sumario y en conocimiento de un
ministro en visita.
 En Carmen 339 funcionó el Laboratorio de Guerra Bacteriológica del
Ejército. Hoy alberga al Archivo Judicial. (Foto: Lukas Coch) |
LA FALSIFICACIÓN
Para esta diligencia, el magistrado acumuló diversas evidencias que le hicieron
sospechar de que la muerte de Frei pudo tratarse de una operación de inteligencia
fraguada para sacarlo de la escena política. En 1982, Frei se alzaba como el personaje
más influyente de la oposición a Pinochet.
La primera de estas pruebas fue el hallazgo, a fines del 2002, del informe de una
desconocida autopsia -rolada 9/82-, olvidado durante más de 20 años en el Departamento
de Anatomía Patológica del hospital clínico de la Universidad Católica. Un cercano a
la familia Frei dio el aviso y el documento -firmado por el doctor Helmar Rosenberg- fue
entregado al ministro Madrid. El magistrado ordenó a la policía incautar todo lo
relativo a la muerte del ex Mandatario que hubiera en esas dependencias.
Pero seguiría una cascada de sorpresas. El documento de dos páginas y otros análisis
relativos a toxicología y revisión de distintos órganos estaban mecanografiados en
máquinas de escribir distintas. Y uno de ellos había sido hecho en una impresora de
punto, y en 1982 el hospital de la UC no contaba con esa tecnología.
El ministro interrogó a los médicos que realizaron la autopsia y embalsamadores del
cadáver del ex Presidente: Helmar Rosenberg y Sergio González, quienes aún trabajan en
la UC. Y así surgió una nueva situación altamente irregular: el informe 9/82 había
sido agregado diez años más tarde al legajo médico sobre la muerte de Eduardo Frei
Montalva.
Los testimonios de los dos médicos indicaban al entonces jefe de Patología de la UC,
doctor Roberto Barahona (hoy fallecido) como el responsable de haber dado la orden de
hacer la autopsia a Frei.
Sin embargo, la duda continuó. Rosenberg declaró que Barahona estaba interesado en
hacer un estudio morfológico de los restos del ex Mandatario, le inquietaban las
posibles secuelas de una tuberculosis que habría sufrido Eduardo Frei en su
juventud, dijo a la detective Palmira Mella.Días después de realizar el
estudio microscópico de las muestras, incluyendo la microscopía electrónica el 10 y 17
de marzo de 1982, y de efectuar un análisis de las alteraciones morfológicas
encontradas, confeccioné un protocolo manuscrito de todo lo encontrado. El examen de la
microscopía electrónica 82-41 (riñón) y 43 (hígado) no aportó datos de utilidad para
la interpretación de los hallazgos, por lo que no figura en el protocolo, agregó
Rosenberg. La policía seguía incrédula. Por eso ubicaron a la
 Ya en el funeral de Eduardo Frei Montalva, en 1982, se hablaba de que su
muerte pudo no haber sido por causas naturales. (Archivo de La Nación) |
secretaria que transcribía los informes, hasta que dieron con Carmen Victoria Barahona
Solar, hija del jefe de la unidad antes mencionado. Respecto al procedimiento de
cómo se confeccionan los Protocolos de Autopsias, debo señalar que éstos, una vez que
el médico realiza su autopsia, se utilizaba el método del dictáfono, en donde se
grababa en un microcasete todo el procedimiento y, luego, se me entregaba la cinta para
mecanografiarla. Esto se hacía generalmente al día siguiente. La parte histológica, que
corresponde a las muestras de vísceras que se insertan en las placas de vidrio para un
posterior análisis, la que quedaba pendiente, por lo que se mecanografiaba una vez que
estuvieran listos los resultados y se agregaba al informe, el que una vez terminado era
entregado al médico que lo había solicitado para su firma, y después se archivaba hasta
que se juntaban cien informes para enviarlos a empastar. En ese tiempo, yo misma me
encargaba de enviar a empastar cada uno de los tomos, con las respectivas autopsias, las
que eran en orden correlativo por cada año; cada tomo contiene un total de cien
autopsias, por lo tanto, era la encargada de insistir a los médicos de los protocolos de
autopsias que faltaban. Era la encargada de rescatar los informes restantes, por ejemplo,
estudios de cerebro que lo hacían distintos neurólogos, relató la hija de
Barahona. La descripción de la mujer era hasta ese momento, sólo informativa de los
procedimientos administrativos de la UC. Sin embargo, el semblante y los dichos de la
secretaria cambiaron cuando los detectives le exhibieron el documento 9/82.
Con respecto al informe de autopsia N° 9/82, que corresponde a don Eduardo Frei,
no lo reconozco como los informes que yo mecanografiaba, ya que no corresponde el tipo de
escritura de la máquina que yo usaba y tampoco el tamaño del papel utilizado, ya que en
ese entonces, como era lo acostumbrado, utilizaba el papel tamaño oficio. Al revisar el
informe de la autopsia N° 9 del señor Frei, me percato que su letra corresponde a la de
una impresora, presuntamente realizada por un computador. Pero en 1982 no existía en el
Departamento un computador, lo que queda en evidencia en los demás informes de autopsias
del citado tomo, que los confeccionábamos en máquina de escribir eléctrica,
agregó la misma mujer.
Madrid decretó una serie de diligencias para establecer la antigüedad del papel, pero
en el Laboratorio de Criminalística de Investigaciones (Lacrim) no lograron establecer la
data exacta del documento.
 Eduardo Frei era el gran opositor a Pinochet en 1982. (Archivo de La
Nación) |
LA EXHUMACIÓN DEL CARABINERO
La habitual calma intelectual de Madrid se vio alterada. Descubrir que la autopsia
podía ser falsa le daba nuevos indicios que se sumaban a: las extrañas peticiones hechas
desde el Bacteriológico (hoy Instituto de Salud Pública) de toxina botulínica a Brasil;
la muerte -en diciembre de 1981- de reos comunes e intoxicación de miristas en la Cárcel
Pública, y al descubrimiento del Laboratorio de Guerra Bacteriológica del Ejército,
ubicado en Carmen 339, dependencias que hoy albergan al Archivo Judicial. Un secreto de
Estado guardado en muy pocas bocas.
Pero había más. Los cruces judiciales apuntaban al caso Letelier y su vínculo con el
químico de la DINA Eugenio Berríos Sagredo, proceso que también sustancia Madrid. Fue
así como trajo a la vista el expediente por la muerte del cabo de Carabineros Manuel
Jesús Leyton, también miembro de la DINA.
El deceso de este uniformado está relacionado con la desaparición de Daniel Palma
Robledo, un militante comunista, quien fue detenido el 4 de agosto de 1976 y a quien
Leyton le robó su renoleta celeste.
Pasó poco más de un año, cuando el 21 de marzo de 1977 el ciudadano francés Marcel
Duhalde conducía otra renoleta por el centro de Santiago, similar a la robada por la
DINA. Fue abordado y secuestrado por civiles, quienes le maniataron y abandonaron en el
Cajón del Maipo.
Duhalde dio aviso a Carabineros, que ubicaron el automóvil y detuvieron a Manuel
Jesús Leyton, Heriberto Acevedo y al hermano del primero, Julio Leyton, en cuya casa
estaba la renoleta de Palma Robledo. Todos eran agentes del organismo represivo. El hecho
se denunció como un delito, se abrió un proceso y Manuel Leyton reconoció que el robo
correspondía a una operación de la DINA, para obtener repuestos para el auto que
pertenecía a un desaparecido.
La DINA rescató a Leyton de manos de Carabineros y lo llevó a uno de sus centros
médicos, donde falleció de un paro cardíaco, pese a tener poco más de 20 años. La
DINA culpó a Carabineros de haber torturado al agente, pero nunca se comprobó qué
sucedió, ni tampoco si se usó algún elemento exógeno en la muerte del uniformado.
Pero el ministro Madrid ha seguido una línea coherente en busca del uso de venenos
para eliminar personas y la historia de Leyton tiene similitudes con el caso de la muerte
de Frei. Por esta razón, citó a declarar al coronel (R), ex DINA y jefe del mencionado
carabinero, Germán Barriga, quien se suicidó recientemente, lanzándose desde el piso 18
de un edificio.
Durante la semana, algunos medios publicaron que Barriga prestaría testimonio ante
Madrid, pero en realidad ya lo había hecho. De acuerdo a los antecedentes recabados por
LND, Barriga reconoció haber sido el jefe del Leyton y relató cómo funcionaba la
estructura de la DINA en aquellos años, aunque manifestó desconocer la forma en que
murió el policía y si este había sido envenenado. Sin embargo, habría aportado off the
record algunos detalles adicionales al magistrado.
De ahí que para Madrid, la muerte de Barriga fue un balde de agua fría, ya que
entrecruzando información encontró una pista que le podría haber causado más de algún
dolor de cabeza al ex agente suicida, dijeron fuentes ligadas al proceso. Por esta razón,
también entre los círculos de ex agentes de la DINA, se especule que a Barriga lo tenía
preocupado el caso Leyton, porque estaba ad portas de tener que asumir la responsabilidad
de su muerte.
Pero al magistrado no le satisficieron las declaraciones de Barriga ni de otros ex
agentes. Ya tendría decidida la exhumación de Leyton, y sus restos serían auscultados
por especialistas.
Para esta diligencia, Madrid se ha contactado con la familia del ex uniformado y,
pronto, su sepultura será abierta.
¿LA MANO DE ESTADOS UNIDOS?
En diciembre de 1981, los miristas Ricardo y Elizardo Aguilera compartían la
carreta en la Cárcel Pública con quien fuera el jefe de las milicias de
resistencia del MIR, Guillermo Rodríguez Morales y Adalberto Muñoz Jara. Junto a ellos,
estaban los reos comunes Víctor Hugo Corvalán Castillo y Héctor Pacheco Díaz.
Pero una misteriosa enfermedad los afectó a todos. Era el botulismo, provocado por la
toxina clostridium botulinum, que en Chile había afectado sólo a una congregación
religiosa en los 70. Corvalán y Pacheco fallecieron, pero los otros se salvaron
gracias a la solidaridad internacional.
Esta historia es públicamente conocida, pero el ministro Madrid auscultó en el otrora
Bacteriológico y, siguiendo nombres y tomando declaraciones, logró establecer la
existencia del Laboratorio de Guerra Bacteriológica del Ejército, cuyo jefe fue el
doctor con grado militar, Eduardo Arriagada Rehren, quien llegó a ser el jefe de Sanidad
castrense, bajo el mando del general Izurieta, como lo informó LND en su edición del
pasado 9 de enero.
Y en el proceso, el ministro Madrid tiene indicios para acreditar que la toxina fue
ingresada al penal por una tercera persona, lo que podría constituir una importante
prueba de que desde el Ejército se realizó una operación para probar este veneno
traído, supuestamente, desde Brasil por el Bacteriológico y entregado al laboratorio de
calle Carmen.
La primera prueba la entregó a fojas 552 del proceso la químico farmacéutica con
especialidad en alimentos Eliana Marambio Leiva, quien revisó la celda de los internos,
los alimentos y conservas con que se habrían intoxicado.
En su declaración, la mujer dijo que, junto a un doctor del Sesma, Horacio Boccardo,
realizó un análisis de todos los alimentos que encontraron en la celda, pero dieron
resultados negativos.
Pero a poco andar, en foja 224 de la causa, aparece un doctor norteamericano llamado
Virgilio Scuttia, quien era el encargado de la OMS en Chile y hombre de confianza del jefe
del Bacteriológico, coronel Joaquín Larraín Gana, precisamente el mismo que pidió
traer la toxina botulínica a Chile para el laboratorio del Ejército.
Este detalle lo entregó quien fuera el jefe del departamento de liofiliziación del
Bacteriológico, Marcos Poduje Frugone, el mismo que retiró el veneno desde la
Cancillería, cuando estaba ubicada en La Moneda a mediados de 1981.
El doctor Virgilio Scuttia podía pasar por encima del conducto regular del
cepario, para pedir toxinas botulínicas. Él era un ciudadano norteamericano que
trabajaba para la OMS y era de confianza del Larraín, explicó Poduje.
Pero en otra declaración, del mismo Poduje, ahora a foja 539, dijo que había venido
otro cargamento de botulismo a Chile, esta vez del Centre of Disease Control and
Prevention (Centro de Control y Prevención de Enfermedades) de Estados Unidos. Esta pista
aún es investigada por el ministro.
Por esta razón, Madrid decidió pedir la lista de agregados militares en
Argentina y Brasil entre 1980 a 1982. Lo que buscaba para satisfacer su sospecha apareció
en Buenos Aires.
Se trataba del oficial de Ejército destinado a la embajada chilena, Hugo Salas Wenzel,
el mismo que el pasado viernes fue condenado a cadena perpetua por la llamada Operación
Albania, en su calidad de jefe de la desaparecida CNI.
Pero había más. La declaración de uno de los presos políticos. Adalberto Muñoz
Jara, a fojas 366, relató al magistrado que días antes de la intoxicación un gendarme,
llamado Pedro Segura, le dijo: Oiga, Muñoz. ¡Cámbiese de carreta! Usted no tiene
nada de político. No coma con ellos. Más tarde, cuando volví a la cárcel después de
haber estado internado en el hospital, Segura había sido trasladado.
LA PISTA DE ROGER VERGARA
Algo había en el caso de la intoxicación de los presos políticos y comunes que
hacía ruido al ministro para la comprensión global del proceso. No tenía sentido que el
envenenamiento estuviera dirigido a un lugar donde habían reos comunes. Tampoco contra
los hermanos Aguilera ni el ronco Rodríguez.
Madrid entonces siguiendo otras pistas llegó a su última línea de investigación: la
muerte del coronel Roger Vergara -quien fuera el jefe de la Escuela de Inteligencia del
Ejército- a manos del MIR el 15 de julio de 1980.
El magistrado tiene indicios de que la toxina botulínica iba dirigida a matar al autor
material de este crimen, Carlos García Herrera, quien también estaba recluido en la
Cárcel Pública en 1981, como confirmó a este diario quien fuera su abogado, Alfonso
Insunza.
Hasta ahora, lo que está claro en la investigación por la muerte de Frei Montalva es
que la complejidad del caso comenzará a entregar luces una vez que Madrid exhume los
restos del ex Mandatario, los del ex agente de la DINA Manuel Jesús Leyton y realice con
tecnología de punta una nueva autopsia.
También cuando el magistrado envíe un nuevo oficio al Ejército con todas las pruebas
que ha reunido sobre el Laboratorio de Guerra Bacteriológica, cuya existencia la
institución negó tener conocimiento en respuesta a un requerimiento anterior del juez.
Al término de esta semana, la tanatóloga Carmen Cerda dijo en una entrevista que si
la ciencia había podido determinar de qué murió el faraón egipcio Tutankamón, bien
podría saberse de qué falleció Eduardo Frei Montalva.
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