| 9 enero 2005 Adelanto
del libro De la tortura no se habla: Agüero vs. Meneses, de Patricia Verdugo
Cuando se inició el caso Agüero-Meneses, en el 2001, la tortura era un tema vedado en
Chile. Las casi simultáneas denuncias de Felipe Agüero contra Emilio Meneses y del ex
prisionero Carlos Bau contra el general Hernán Gabrielli descorrieron el velo por un
breve lapso. Pero sembraron una semilla que germinó dos años más tarde: el Informe
Valech.
De La Nacion Domingo
Por Patricia Verdugo
Esta historia -tan real como dolorosa- tiene a dos personas en el centro del escenario.
Dos personas que, dependiendo del punto de vista, ocupan los roles de protagonista y
antagonista. O de víctima y victimario. Si sólo atendemos a la forma del proceso rol
número 165.085-3 del Séptimo Juzgado del Crimen de Santiago, Felipe Agüero Piwonka
aparece como el victimario que ofende a Emilio Meneses Ciuffardi, provocando que este
último se querelle por injurias graves. Si vamos al fondo del asunto, Felipe Agüero
resulta ser la víctima de las torturas que le infligió Emilio Meneses en 1973, mientras
el primero era prisionero político y el segundo, oficial de reserva de la Armada.
Sus vidas tuvieron un primer punto de encuentro en el Estadio Nacional, cuando el
recinto sirvió como campo de concentración de prisioneros políticos. Casi dos décadas
después, cuando Chile había iniciado la transición, volvieron a encontrarse. Para
entonces, ambos eran académicos especializados en materias de Defensa. El profesor
Meneses puso el eje en la estrategia y el profesor Agüero lo hizo en la relación
militarismo-democracia.
Volvió a transcurrir otra década para lo que podríamos numerar como el tercer y
definitivo encuentro. Ambos protagonizaron un bullado caso ante los tribunales y, sentados
frente a una jueza, se enfrentaron finalmente en un careo. Para ese entonces corría el
año 2002.
MISILES DE PAPEL
Iniciada la transición, la voz de Emilio Juan Meneses Ciuffardi como experto en
defensa tuvo creciente importancia en la prensa. Como profesor titular de la
Universidad Católica de Chile (PUC), daba clases en el pregrado y en el magíster del
Instituto de Ciencia Política. Y llegó a ocupar la cátedra Zenteno de Estudios de
Defensa del mismo instituto.
Todo marchaba sobre ruedas -en lo profesional- para el profesor Emilio Meneses
Ciuffardi cuando ya bordeaba el medio siglo de vida. Sus metas se cumplían.
Hasta que llegó el año 2001 y dos cartas determinaron su caída.
La primera llegó al comandante en jefe de la Fuerza Aérea de Chile y estaba firmada
por el coronel Mark Meyer, ex agregado militar de Estados Unidos en Chile. En síntesis,
sostenía Meyer que el profesor Meneses en enero de 1997 le dijo que aún tenía mucha
influencia en la Fuerza Aérea -debido a sus antiguos vínculos como asesor- y su ayuda
podía ser clave para resolver la compra de aviones. Agregó -según el ex agregado
militar estadounidense- que no tenía preferencia por alguno de los cuatro modelos
posibles y que estaba dispuesto a considerar ofertas significativas ya que su
tiempo era valioso. Lo que concernía a Estados Unidos eran los modelos F-18 de la Boeing
McDonell-Douglas y el F-16 de la Lockheed Martin. Los otros dos eran europeos: el sueco
JAS Gripen y el francés Mirage. No hubo trato alguno con el profesor Meneses -aclaró
Meyer en su carta- porque las empresas no se interesaron en sus servicios.
Ante el escándalo, Meneses aclaró a El Mostrador que aquí se ha pretendido
crear un acto criminal de una operación comercial. Al diario El Mercurio le dijo
que la carta del coronel Meyer era una colección de imprecisiones, exageraciones y
faltas a la verdad.
La Fuerza Aérea de Chile hizo un formal reclamo a la PUC ante la denuncia que afectaba
a uno de sus académicos y se inició una investigación en la rectoría.
Casi en paralelo, otra carta llegó al Instituto de Ciencia Política de la PUC desde
Estados Unidos. Una copia fue enviada por correo electrónico a finales de febrero de 2001
y el director Alfredo Rehren no pudo conocerla de inmediato porque su computador estaba
fuera de servicio. El instituto estaba de mudanza desde la casa central de la PUC hacia el
Campus San Joaquín y los académicos quedaron desconectados por unos días.
El original de la carta fue despachada por correo normal. La carta estaba firmada por el
profesor Felipe Agüero Piwonka y fechada el 21 de febrero de 2001.
Así fue como simples hojas de papel se convirtieron en misiles que sepultaron la
carrera académica y el prestigio público de un hombre que -hasta entonces- aparecía en
la prensa local como un respetable analista experto en Defensa.
Nada, hasta ese momento, delataba que el profesor Emilio Meneses tuviera algún temor
por lo obrado en el campo de concentración del Estadio Nacional en 1973.
CARA A CARA CON MENESES
Felipe Agüero Piwonka no hizo el servicio militar y no registra antecedentes que lo
relacionen con acciones violentas durante su juventud, como en el caso del profesor
Meneses. Agüero Piwonka tenía 21 años cuando ocurrió el golpe de Estado, estudiaba en
la Escuela de Sociología de la PUC y militaba en el MAPU, que formaba parte de la alianza
política gobernante. Trabajaba, además, en el Ministerio de Relaciones Exteriores.
Cinco días después del golpe militar, fue arrestado por una patrulla militar en la
calle. Iba acompañado por su amigo Fernando Villagrán. Ambos habían estado con el
dirigente máximo del MAPU -el actual senador Jaime Gazmuri- y portaban el primer
comunicado del partido a sus militantes. Tras una fuerte golpiza, fueron llevados a la
Base Aérea El Bosque donde los interrogaron y maltrataron. Luego los trasladaron al campo
de concentración que se improvisó en el Estadio Nacional, donde fueron separados. El
joven Agüero permaneció allí por casi un mes y fue víctima de variadas forma de
tortura, incluyendo la aplicación de electricidad. Luego fue trasladado a la Cárcel
Pública de Santiago. Nunca se hicieron cargos en su contra ni fue sometido a proceso.
Recuperó su libertad en febrero de 1974, luego que su familia logró que intercediera
ante la autoridad militar el abogado Jaime Guzmán Errázuriz.
Entre los años 1978-1982, Felipe Agüero fue investigador de la Facultad
Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), en Santiago de Chile, y publicó dos libros
que -por su carácter académico- lograron pasar las barreras de la censura militar.
En 1982, Agüero partió a Estados Unidos a realizar su doctorado en la Duke
University. Luego fue fellow en The Helen Kellog Institute de la Universidad de Notre Dame
(1989), en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, en 1993-94, y en el
North-South Center, de la Universidad de Miami, en 1994-95.
Sería largo de enumerar los consejos universitarios, comités y consejos editoriales a
los que pertenece el doctor Agüero en Estados Unidos. Todo ello habla de su excelencia
como académico y del prestigio alcanzado en su campo. Nada en su extenso currículo
delata ese otro espacio de realidad que subyacía en su vida. Porque a la tortura que
sufrió en 1973 siguieron otras, como ha sido el caso de todas las víctimas. Mientras
permaneció en Chile, en los siguientes nueve años, hasta 1982, estuvo el temor de que se
repitiera la experiencia. Cada nuevo dato acerca de la represión de la dictadura activaba
la memoria, con un agravante: reconoció a uno de sus torturadores en una fotografía
publicada en la página de sociales de El Mercurio. Se trataba de un ex oficial de reserva
de la Armada. El temor a encontrárselo en la calle -ocurrió dos veces- reactivaba el
doloroso episodio.
Fue a comienzos de la transición, cuando un seminario convocado por Flacso, dio paso a
una tercera etapa de la secuela de la tortura. Allí reconoció en el profesor Emilio
Meneses -quien mantiene un aspecto físico muy similar al de su juventud- a otro de sus
torturadores del Estadio Nacional. ¡Estaba vivo y era uno de sus pares en el mundo
académico! La memoria del pasado encontró un espacio en el presente, fundiendo dolores y
angustias. Todo ello en el mayor secreto, bajo la apariencia de que nada extraño estaba
ocurriendo. Un día cualquiera, estando en Buenos Aires, compartió su secreto con el
periodista Rodrigo Atria, su amigo, quien también estuvo detenido en el Estadio Nacional.
Luego se lo dijo al periodista Fernando Villagrán, con quien había compartido la
experiencia de arresto y prisión. Habló también con sus hermanos Guillermo e Ignacio
Agüero.
¿Qué hacer? La pregunta se convirtió en un latigazo doloroso por muchos años. Haber
sobrevivido a la represión de la dictadura -tras permanecer en campos de concentración y
cárceles clandestinas- pasó a ser una suerte de privilegio que demandaba silencio por
parte de los beneficiados o sobrevivientes. Una demanda que estaba implícita
en el discurso oficial y social de la transición.
Cuando Pinochet dejó la comandancia en jefe se inició el cambio. Año 1998. Se
presentó la primera demanda en su contra (Gladys Marín, secretaria general del Partido
Comunista), se designó un ministro de fuero (Juan Guzmán) y se inició un proceso
judicial al que se fueron sumando centenares de querellas. Un fenómeno político y social
que se acrecentó cuando Pinochet fue arrestado en Londres en octubre de 1998.
Ese cambio afectó también al ciudadano Felipe Agüero Piwonka y decidió, ese 1998,
contar su secreto al cientista político Tomás Chuaqui, de la Universidad Católica, con
quien había establecido una profunda amistad en la Universidad de Princeton.
Recuerda el doctor Chuaqui: Fue tal el impacto, que se me doblaron las rodillas y
caí al suelo. Me hablaba de Emilio Meneses, con quien yo pasaba mucho tiempo en el
Instituto de Ciencia Política. Almorzábamos juntos casi todos los días. Le pregunté
finalmente a Felipe qué iba a hacer. Voy a tener que enfrentarlo en algún
momento, me respondió.
Depositario del secreto, el doctor Chuaqui no tenía más camino que esperar a que el
doctor Agüero decidiera enfrentar el asunto algún día. Pensé que iba
a ser pronto. Pero fue pasando el tiempo. Alteré toda mi relación con Emilio Meneses,
quien seguía teniendo su oficina enfrente de la mía. Eliminé todas las reuniones con
él que no fueran estrictamente obligatorias, recuerda el doctor Chuaqui.
- ¿Lo notó Meneses?
- Claro que lo notó, pero debió atribuirlo a problemas internos del Instituto, al
aproximarse un cambio en la dirección.
EL CONTEXTO
En paralelo, otra familia chilena vivía su proceso de cambio, la familia del asesinado
Eugenio Ruiz-Tagle Orrego, víctima de la caravana de la muerte en
Antofagasta. Recordemos que este caso llegó a manos del ministro Juan Guzmán en mayo de
1998 y, por tratarse de un crimen masivo que afectaba al menos a 75 prisioneros políticos
y donde la huella dactilar de Pinochet estaba claramente estampada, se
transformó en el proceso judicial más contundente contra el ex dictador. Así, fue este
caso el que abrió paso al desafuero de Pinochet en el 2000 y a su procesamiento en el
2001 como autor de los secuestros y los homicidios.
El hecho es que la familia del asesinado Ruiz-Tagle decidió el traslado de los restos
desde Antofagasta a Santiago y la realización de un multitudinario rito fúnebre, hacia
fines del 2000. La víctima, Eugenio, había sido un entrañable amigo y compadre del
mayor de los Agüero, Guillermo.
Al recordatorio del asesinato de Ruiz-Tagle se agregó otro hecho macabro en enero de
2001. Las Fuerzas Armadas reconocieron la participación de uniformados en dos centenares
de crímenes, explicando varias desapariciones de prisioneros por haber lanzado al mar sus
cadáveres. Este reconocimiento se realizó al dar por finalizada la mesa de
diálogo entre las Fuerzas Armadas y algunos prominentes abogados defensores de
derechos humanos, instancia que fue convocada por el gobierno de Frei y culminó en el
gobierno de Lagos.
Fue en este contexto que el ex prisionero político Carlos Bau acusó al general
Hernán Gabrielli, jefe de Estado Mayor de la Fuerza Aérea, de haber sido uno de los que
torturaron al asesinado Eugenio Ruiz-Tagle en la base aérea de Cerro Moreno, en
Antofagasta. La acusación de Bau fue publicada por el diario electrónico El Mostrador el
8 de febrero de 2001. El escándalo fue mayúsculo. Otros dos ex prisioneros corroboraron
la acusación. Obviamente el general Gabrielli la negó (presentó una querella por
injurias, le fue rechazada y luego tuvo que abandonar la Fuerza Aérea).
El conjunto de datos causó revuelo. Porque el asesinado Eugenio Ruiz-Tagle Orrego
pertenecía a una familia de la aristocracia local y su viuda estaba casada
con un influyente político, el ex ministro José Joaquín Brunner. Porque el ex
prisionero Bau, con su denuncia, puso en jaque al segundo hombre en la línea de mando de
la FACH. Y, en ese clima, el diario El Mercurio decidió intervenir para mantener a salvo
el honor del abogado Jaime Guzmán Errázuriz.
Así, sin que el doctor Agüero se lo propusiera, su detención de 1973 fue recordada
por el principal diario de derecha. El Mercurio, tanto en su cuerpo dominical de
reportajes como en su revista El Sábado, lo mencionó de este modo: Pero hubo un
caso que Guzmán estuvo dispuesto a defender personalmente en los tribunales: el de Felipe
Agüero, detenido el 16 de septiembre cuando era estudiante universitario.
¿Cómo es que el poderoso Jaime Guzmán Errázuriz supo, en 1973, del caso de Felipe
Agüero? Se enteró luego de asistir a una misa oficiada en memoria del asesinado Eugenio
Ruiz-Tagle. Así lo declaró Guillermo Agüero en el proceso judicial. El hecho es que la
recordación de la tortura sufrida por Eugenio Ruiz-Tagle desencadenó el proceso. El 21
de febrero de 2001, el doctor Agüero escribió una carta privada al doctor Alfredo
Rehren, director del Instituto de Ciencia Política, con copia al rector de la PUC, Pedro
Pablo Rosso.
Así también, lo publicado por El Mercurio despertó la curiosidad de la revista
Cosas, la que decidió publicar una entrevista realizada a comienzos de marzo de 2001. Por
primera vez, el doctor Agüero pudo hablar públicamente de su tortura, aunque decidió
mantener en secreto el nombre del torturador. Varias páginas y tres grandes fotografías
de Agüero Piwonka. La revista tituló en grandes letras: Conozco a la persona que
me torturó. En el texto, el doctor Agüero identifica a su victimario como un
académico y relata que ya envió una carta a las autoridades del centro académico
donde trabaja.
El diario La Segunda logró obtener la carta y publicó, el 23 de marzo, buena parte
del texto en que Felipe Agüero identificaba a Emilio Meneses como su torturador.
EL DESENLACE
A la publicación de la carta, el diario La Segunda anexó dos informaciones. Primero,
un escueto comunicado de la Armada en defensa del oficial de reserva Emilio Meneses:
La institución se hace una obligación en expresar su respaldo y confianza más
absoluta al citado oficial, en la convicción que éstos representan infundios
insostenibles que sólo buscan afectar y destruir la imagen personal del afectado.
Segundo, el desmentido de Emilio Meneses: Yo, al señor Felipe Agüero, no lo
interrogué, no lo vi en ningún momento en el Estadio Nacional. Incluso ignoraba su
presencia allí. Y aseguró que desde siempre, todos mis amigos, conocidos y
colegas supieron, y nunca escondí, que estuve en servicio en la Armada de Chile y la
Armada me destinó a ser interrogador en el Estadio Nacional. Nunca, mientras cumplí ese
servicio, en ningún momento, a nadie sometí a apremios ilegítimos.
No concuerdan con Meneses algunos de sus colegas y amigos. El historiador Cristián
Gazmuri fue su amigo por más de 30 años e hizo con él su servicio militar en la Armada,
siendo ambos estudiantes universitarios.
-¿Le contó que había sido interrogador en el Estadio Nacional?
-No, sólo me contó que había llevado gente al Estadio. Los dos éramos reservistas
de la Armada y me dijo que a él lo habían llamado a las filas después del golpe. Y le
dieron como misión llevar prisioneros al Estadio. Eso me dijo.
Por su parte, el cientista político Tomás Chuaqui tampoco tuvo información.
-Meneses dice que todos los que lo rodeaban sabían de su rol de interrogador
-Falso. Puede que lo supieran sus amigos más íntimos, pero la mayor parte de los
académicos del Instituto nada sabíamos. Se rumoreaba que era un pinochetista duro, pero
nada más.
El hecho fue que, a fines de marzo de 2001, la tormenta se desató sobre el Instituto
de Ciencia Política de la Universidad Católica de Santiago. Entre estudiantes que se
negaban a entrar a las clases de Meneses, una masiva actividad de funa para
denunciar la presencia de un torturador en el campus y el debate de los académicos, la
PUC optó por suspender las actividades del académico Meneses. Pero le mantuvo su
sueldo.El consejo académico del Instituto de Ciencia Política se declaró en proceso de
reflexión, citando a declarar dos veces a Emilio Meneses e invitando a Felipe
Agüero a dar su versión durante el año 2001.
El doctor Chuaqui, entonces subdirector del Instituto, hoy su director, explica así el
papel que jugó el consejo académico: No nos correspondía escuchar lo que había
hecho Meneses en 1973. No estábamos en posición de determinar los reales hechos. Lo
importante era saber quién era Meneses en ese momento. Porque debíamos saber si reunía
las condiciones morales y ético-académicas para pertenecer al Instituto. Se lo
preguntamos muchas veces. Porque si él reconocía su papel como interrogador en el
Estadio Nacional, teníamos que saber qué pensaba de eso casi treinta años
después.
-¿Y qué pensaba Meneses?
-Dijo, en síntesis: Yo fui obligado a estar en una mala posición, hice el bien
desde una mala posición, no hice nada malo. Yo le pregunté: ¿Fuiste un engranaje
en la máquina del mal? Y respondió: Siempre se puede hacer el bien en cualquier
situación. Entré con las manos limpias y salí con las manos limpias. Se esperaba
una reflexión ética más acabada. Porque uno queda mancillado profundamente cuando se
participa de una maquinaria del mal. Eso nunca lo reconoció, nunca reconoció ningún
grado de culpabilidad.
-¿Una postura amoral?
-Diría que tenía ceguera moral respecto de parte de sus actos. No procesaba
moralmente esa parte de su vida. Por la prensa dijo que se había enterado después de las
torturas en el Estadio Nacional. Yo le dije que él había actuado en un campo de
concentración, sin protección alguna para los prisioneros, donde no funcionaba el habeas
corpus. Me señaló: En esa época nadie pensaba en esos términos. Le
pregunté qué sentía por sus superiores: Me indicó: Resentimiento, porque nos
tiraron a los leones, nos mandaron a hacer un trabajo para el cual no estábamos
preparados. Señaló también que había renunciado, pero que le rechazaron la
solicitud.
El consejo académico del Instituto de Ciencia Política fue la única instancia que
conoció del caso en su proceso de reflexión. La rectoría no ordenó
instruir sumario alguno, como lo reconoció al tribunal el secretario general de la PUC,
Raúl Madrid Ramírez. En respuesta al oficio 160-2002, dijo que la rectoría instruyó un
sumario que no se relacionaba con la actuación de Meneses en el Estadio Nacional, sino
que contiene una indagación formal por una presunta infracción al Reglamento del
Académico: a partir de una información recibida por esta Secretaría General, surgió la
sospecha de que el señor Meneses habría realizado acciones destinadas a presionar a las
instancias respectivas de las Fuerzas Armadas chilenas (lo que se denomina hacer
lobby) para que éstas orientaran su decisión a favor de una alternativa
específica (Gripen) en lo relativo a la compra de aviones de combate; la actuación
habría sido remunerada y, en ella, el señor Meneses habría aprovechado su influencia
desde la Cátedra de Defensa.
Por resolución de Rectoría Nº 01-2002, de fecha 3 de enero de 2002, se
sobreseyó temporalmente la indagación formal; el 31 del mismo mes, el señor Meneses
presentó su renuncia voluntaria al cargo que ocupaba en el Instituto de Ciencia
Política; y por resolución de Rectoría Nº 09-2002, de 16 de abril pasado, se
sobreseyó definitivamente la referida indagación formal. El texto oficial de la
PUC que -por haber sido enviado al tribunal a mediados de 2002- dio cuenta del fin de la
carrera académica de Emilio Meneses en esa universidad. La decisión se tomó teniendo en
cuenta lo resuelto por el consejo académico del Instituto de Ciencia Política y lo
resuelto por el secreto sumario de la rectoría sobre las actividades de lobby en la
compra estatal de aviones. Para suavizar la decisión, se permitió la figura
de renuncia voluntaria de Meneses.
En paralelo con el proceso académico transcurrió el caso judicial. Se inició por
decisión de Emilio Meneses, quien se querelló contra Felipe Agüero por el delito de
injurias graves el 22 de mayo de 2001. No quedó más camino que probar los hechos y los
defensores del doctor Agüero -los abogados Ciro Colombara y Juan Pablo Olmedo- invocaron
la exceptio veritatis. Porque Agüero no tenía duda alguna de que Meneses fue el hombre a
quien vio -durante una sesión de tortura- cuando lo hicieron desnudarse y, en el curso de
la maniobra, se le corrió la venda que cubría sus ojos.
Cuando Meneses comenzó a trivializar lo que ocurrió en el Estadio Nacional, me
enrabié mucho. Por la prensa, en boca de Meneses, el estadio pasó a ser una especie de
hotelito holiday inn, donde la gente iba a pasar una temporada de vacaciones. Ahí sentí
que no podía permitir que se distorsionara la historia y que nuestros hijos deben saber
lo que allí ocurrió, para que no se olvide y no se repita, dijo el doctor Agüero.
El caso judicial tomó dieciocho meses. La jueza María Teresa Letelier interrogó a
cuatro prisioneros del Estadio Nacional, además del doctor Agüero. Declaró, además, el
ex oficial de la Fuerza Aérea Jorge Silva Ortiz.
El fallo dio la razón al doctor Agüero: no cometió injurias, porque no faltó a la
verdad. Así, el llamado caso Agüero-Meneses pasó a constituir un clave proceso judicial
que -por la vía de una querella por injurias- indagó en las torturas realizadas por la
dictadura militar y dio paso a una sanción social y académica. El profesor Meneses
perdió su cátedra en la prestigiada PUC.
Sólo quedó pendiente un detalle procesal: la apelación que hizo Meneses cuando el
juez rechazó su petición para arrestar al doctor Agüero.
En junio de 2004, Meneses intentó regresar a su rol de analista, publicando una
destacada columna de opinión en el diario La Tercera.
No tuvo que esperar mucho el doctor Meneses. Su recurso ante la Corte de Apelaciones
-para que el doctor Agüero fuera arrestado- fue obviamente rechazado en septiembre de
2004. Ningún medio de prensa consignó el dato.
El 15 de octubre de 2004, Meneses volvió a la carga con una destacada columna en La
Tercera, titulada La inconveniencia de efectuar cambios a la Ley del Cobre.
Reapareció el analista. El doctor Agüero, desde Estados Unidos, envió una carta al
diario que fue publicada el 20 de octubre de 2004 con el título Meneses y la
justicia. El sábado 30 de octubre de 2004, bajo el título Asesinato de
imagen, el diario La Tercera publicó la siguiente carta de Emilio Meneses en la que
insistía en que la causa seguida en su contra (de Felipe Agüero) por injurias
está en actual tramitación. En consecuencia, es totalmente efectivo que el caso está
pendiente y a la fecha no hay ningún fallo de la justicia, ni parcial ni
definitivo. ¿De qué se trataba? ¿De qué causa hablaba Meneses? Los abogados de
Felipe Agüero lograron dar con la respuesta. Meneses había presentado un recurso de
reapertura del proceso con nuevos antecedentes. La Corte lo denegó y él, por supuesto,
apeló. Los abogados Ciro Colombara y Juan Pablo Olmedo presentaron un recurso para
declarar inadmisible la solicitud de apelación. Es decir, estirando al máximo la cuerda
de los recursos procesales, Meneses podía decir que el caso está pendiente.
Finalmente, la Corte de Apelaciones rechazó la apelación de Meneses. Y el caso quedó
cerrado. La prensa nada dijo.
El doctor Felipe Agüero envió una última carta al director de La Tercera, Cristián
Bofill. En ella redondeaba: Evidentemente a Meneses se le hace insoportable aceptar
que la justicia, sobre la base de copiosos antecedentes, lo haya señalado como torturador
en el Estadio Nacional. Aún si se le cierran ya todos los caminos para mantener la
ficción de un caso que no concluye, los lectores deberán acostumbrarse a lo que será su
versión permanente: que el caso seguirá siempre abierto. La verdad es que lo único que
sigue pendiente es que Meneses termine por aceptar lo que la justicia ya resolvió y que
él mismo ha sabido desde 1973.
Así fue como terminó esta historia. Para el doctor Agüero, fue un gran alivio,
una sensación de deber cumplido, y de que valió la pena el desgarro de la decisión
inicial y la incertidumbre en el proceso.
Fue uno de los más de 35 mil presos políticos que prestaron testimonio ante la
Comisión Valech. Al culminar el proceso, en noviembre de 2004, desde la Universidad de
Miami percibió el oficial Informe de Torturas como el gran acto de reconocimiento,
el que faltaba desde la Comisión Rettig. Es un tapabocas a los que siempre insistieron en
mantener esto oculto y en silencio. Y también un gran tapabocas a los que siempre
quisieron limitarse únicamente a lo que denominaban casos emblemáticos. Cada
uno de los miles de casos es emblemático. Toda la tortura, como práctica generalizada,
fue emblemática.
Hay historias que, a su vez, hacen Historia. El caso del doctor Felipe Agüero es uno
de ellos. LND |